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Entre el periodismo y la literatura; entre la información y la narración: ensamblajes precisos en una crónica periodística
Autores: María Cecilia Reviglio
La crónica es uno de los géneros periodísticos más antiguos y, sin embargo, sobre el que —y uno de los que— se sigue escribiendo más. Como todos los géneros, la crónica también ha cambiado con el paso del tiempo. Poco queda de aquellas crónicas de indias en las que leemos hoy sobre el mundo que habitamos y construimos, pero también es poco lo que podemos rastrear de las crónicas de principios de siglo XX en las que inauguraron lo que hoy se llama periodismo narrativo —dado que no podemos seguir llamándolo, sesenta años después, nuevo periodismo[1]— y que parece revitalizarse no sólo en revistas especializadas, sino también en libros cuya extensión permite el desarrollo en todo su esplendor de aquellos elementos que la caracterizan: la descripción de lugares y climas, la profusión de voces, la presentación de los actores de los hechos con el espesor de los personajes de ficción, el uso de tropos y figuras del lenguaje, la narración como modo del relato que se diferencia de la simple información propia del discurso periodístico más duro, cierta evaluación de los hechos, una mirada sobre el mundo explícita.
[1] Nuevo periodismo es la denominación que se le dio a un nuevo modo de narrar que se inauguró oficialmente en 1965 con la publicación de la novela de no ficción A sangre fría, de Truman Capote y en Argentina, unos años antes (1957) con la publicación de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, ambos textos en los que se ponen en juego procedimientos propios de la ficción para dar cuenta de hechos ocurridos —el asesinato brutal de una familia completa por un lado, el fusilamiento ilegal de un grupo de ciudadanos por parte del Estado.
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